Antonio María siempre está mirando

Tendrán que pasar algunos años para que la distancia permita ver con más claridad el enorme impacto que ha dejado Antonio Calera en el ejercicio de los derechos culturales en la capital mexicana, más allá de su propia aportación como artista total, porque así habrá que verlo, no como un escritor, gestor, cocinero, investigador, curador, crítico, periodista, torero, pintor, empresario, mecenas, coleccionista, promotor y gourmand, entre otras facetas, no solo así, sino el todo, el artista de punta a punta que vivió y murió como tal, rodeado de su circunstancia, siempre en crisis, en ebullición.

Nos duele enormemente su muerte, entre muchas y muy variadas razones, porque nos hizo parte de su familia, de su Zona Permanentemente Autónoma. Nuestro amor y abrazo a sus deudos más cercanos, Adriana, Adrián, Mauricio, Mateo, Melissa; a Demián Flores y Daniel Lezama, sus mejores amigos, a la hermandad de La Bota y a sus miles de amigas y amigos.

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Antonio María siempre está mirando

Antonio María baila como un planeta sin órbita definida.

Se agita y revolotea dentro de sus zapatos como un enorme búfalo que aprecia la libertad de correr sin freno por la pradera mental.

Antonio María nada y se desplaza por los corredores de la amistad como un pez en el agua mineral de la fiesta brava.

Antonio María brama siete veces cada noche al filo de las 2 de la mañana, y bebe Ron y Vodka Riki y Ginebra como si en ello le fuera la vida.

Antonio María piensa cada vez más en los aviones de doble hélice, en sus motores encendidos y en su capacidad para mover montañas.

Como en el toro, los ojos de Antonio María se separan a voluntad para enfocar mejor al sujeto de sus meditaciones, para medir la tensión antes del disparo.

Antonio María también llora más que los demás, es un don que le viene de la Edad Media, cuando cazaba jabalíes y dragones con las manos amarradas en la espalda.

Llora a cántaros pero nadie lo nota, su llanto se esconde debajo de la barba para evitar malos tragos a sus amigos y a sus hermanos, que son muchos, sin duda muchos más de los que él cree. Antonio María tiene más amigos de los que puede abrazar.

Antonio María ama con todo su cuerpo de titán embravecido, a sus amigos, a sus amigas, a sus enemigos y a sus héroes.

Antonio María tiene muchos héroes, pero adora también a los villanos.

Los tiene de todo tipo, de todas las edades y colores y en varios idiomas, y procura tenerlos cerca como a sus enemigos, los quiere al alcance de la mano para partirles el pescuezo y ahogarlos cuando sea necesario.

Pero Antonio María rara vez ataca.

Es un toro acostumbrado a perdonar, aunque no olvida.

Antonio María nunca olvida. Es peor que Funes.

Recuérdalo bien.

Antonio María es un niño todos los días del año y como niño que es se ajusta el pantalón y la chaqueta y la ropa interior y la exterior y el sombrero sobre la cabeza que tiene empotrada al cuello, para que todo quede en su santo sitio de simple soledad, porque Antonio María está solo y lo sabe y llora por eso pero también baila y canta y bebe a la salud de la simple soledad que hay en el silencio de su departamento, en el silencio de su calle, en el silencio de la soledad que cubre todos los rincones de su ciudad natal.

Antonio María sueña con monjas drogadas que trotan a medio vestir por la plaza de la Ciudadela, por esas monjas que todos hemos visto al menos una vez tocándose al mirar a los maniquíes desnudos detrás de las grandes vitrinas de 20 de Noviembre.

Antonio María es una buena persona, me consta, pero lo detesta, aborrece ser una buena persona, sólo desearía ser un gángster para acabar con todos de una buena vez y empezar de cero.

Antonio María también sueña con mujeres desnudas que corren todas las noches por el malecón de La Habana cuando los termómetros marcan los 40 grados. Las mira sacudirse frente a la brisa marina y refrescar un poco esos cuerpos imposibles, esas curvas imposibles, esos muslos imposibles, y sueña, sueña con una Bota habanera, una Bota frente al malecón como el puerto al que arriben esos cuerpos en busca de un poco de diversión y descanso.

Antonio María es un modelo para armar.

Antonio María surte distintos efectos sobre las personas, sobre los jóvenes, sobre los libros que toca, sobre las bebidas, sobre la comida, sobre los hombres y sobre las mujeres. Antonio María entra a los mercados y las aguas se abren.

Antonio María sacude, Antonio María arrebata, arremete, embiste.

Es un Toro Todo Terreno acostumbrado a pasar por encima de cualquier obstáculo.

Antonio María es un arquitecto pegado a una panza que aprecia como pocos el arte del dibujo y de la pintura y el grabado y la técnica y la táctica y la estrategia.

Antonio María no tiene límites ni limitaciones ni limitantes, no reconoce fronteras en los hechos ni en las artes ni en los hombres ni en la geografía.

Antonio María sufre por todos lados y con todos y lame sus heridas de espaldas al mundo.

Antonio María es un ojete con los ojetes, y un príncipe con sus amigos.

Antonio María escucha, acepta, observa, aguarda, contiene… pero esa espera es solo la forma que toma la ola que es Antonio María antes de lanzarse hacia adelante como el toro que es, para decir, hacer, construir, organizar, empujar, enlazar, producir, coordinar, promover, aplaudir, abrazar.

Antonio María no está aquí para resistir, sino para insistir.

Antonio María no vino al mundo para mejorarlo, ni para que rías un poco más, ni para brindar a la salud de los enfermos ni para decir “buenos días”, “qué tal”, “con permiso”.

Antonio María nunca viene.

Antonio María siempre va.

Antonio María es un rompecabezas con un martillo en la mano.

Antonio María es un árbol que crece veinte metros cada noche.